El 18 de septiembre de 1810 fue
una ceremonia con muchos rasgos monárquicos, tales como la apelación a las
Siete Partidas para formar una Junta de Gobierno, así como también por el
juramento de fidelidad al rey cautivo por Napoleón, Fernando VII. Poco a poco
la situación desembocó en la formación de nuevas organizaciones políticas, como
el Primer Congreso Nacional de 1811, los símbolos de la patria (banderas y
escudos, que experimentaron diversas modificaciones), y ciertas instituciones
que marcarían la cultura de Chile, como la Biblioteca Nacional y el Instituto
Nacional. Fue también la época en que despuntó la prensa, en los periódicos la
Aurora de Chile, el Semanario Republicano y el Monitor Araucano. Precisamente
en el primero de ellos escribió Camilo Henríquez, el 18 de septiembre de 1810
A pocos días de celebrar nuestras Fiestas
Patrias, en la cual todos y cada uno de nosotros celebra esta fecha y nuestras
calles se llenan de banderas y en las fondas nuestro baile nacional es la
cumbia. Así al menos lo hemos entendido gran parte de los chilenos en los
últimos doscientos años. De república independiente pero veamos un poco de
historia. Cuando finalmente, tras una
guerra entre “criollos” y “españoles”, el país obtuvo la victoria en los campos
de batalla, empezaba una nueva era política, la independencia.
La declaración de independencia
correspondiente al 12 de febrero de 1818resumió muy bien la importancia de su
origen: “La revolución del 18 de Septiembre de 1810 fue el primer esfuerzo que
hizo Chile para cumplir esos altos destinos a que lo llamaba el tiempo y la
naturaleza”. Era la fecha de la fiesta. La celebración de la fiesta en los
comienzos de la república Como ha señalado muy bien Paulina Peralta en un
excelente libro, en los primeros años del nuevo régimen el país experimentó una
pluralidad festiva: ahí estaban el12 de febrero, que conmemoraba la victoria en
Chacabuco (12 de febrero 1817), y la jura de la Independencia en Talca; el 5 de
abril que recordaba la victoria definitiva de Chile en Maipú; el 18 de
septiembre, que marcaba el inicio del proceso autonomista.
Así lo recordaba Vicente Pérez Rosales en sus
Recuerdos del Pasado: “Cada vez que celebramos en Chile los días patrios de
septiembre acuden sin esfuerzo a mi memoria las solemnidades con que celebraban
los patriotas del año de 1824 el ya casi olvidado 12 de febrero, día que cual
ningún otro ostenta títulos que le hacen merecedor del más justo y cumplido
acatamiento del hombre chileno”.
El músico José Zapiola, por su parte,
criticaba el que las fechas 12 de febrero y 5 de abril – que efectivamente
habían dado la libertad a Chile en los campos de batalla – hubieran sido
relegados por el 18 de septiembre, una fecha que en realidad significaba la
fidelidad jurada a Fernando VII por su cautividad ante Napoleón.
Sin embargo, en la década de 1830 comenzaron a
asentarse las instituciones y también se hicieron visibles las continuidades de
los ritos republicanos asociados al 18 de septiembre, fecha única de las
fiestas nacionales a partir de 1837.
Lo cierto es que la independencia, como hazaña
concreta, sí fue motivo de festejos durante los primeros 30 años del Chile
republicano, y no a través de una, sino de tres fechas: el 12 de febrero, día
que recuerda la batalla de Chacabuco (1817) y la jura de la independencia
(1818), y el 5 de abril, jornada que rememora la batalla de Maipú (1818), que
marcó la consolidación definitiva del proceso de emancipación de Chile de la
corona española. Ambos eventos, más el 18 de septiembre, constituían las
fiestas nacionales que conmemoraban la nueva forma política del país.
Con el correr de los años, la
autoridad se cuestionó el hecho de tener tres festividades anuales que celebran
casi lo mismo y que tenían un ritual muy similar. Era muy contraproducente
económicamente y es por eso que en 1824 se eliminó el 5 an promotor de los
ideales de independencia que animaron a los hombres de entonces. Fue a través
de su pluma y de sus convicciones como se produjo el contraste entre los tres
siglos de colonia y el surgimiento de una época de luz, el paso de la monarquía
a un sistema republicano, y las inmensas posibilidades materiales y culturales
de un Chile que emergía como nación autónoma.
De acuerdo con la historiadora, una decisión
similar tomaron en1837 el Presidente Prieto y Diego Portales, tras firmar un
decreto que reducía el 12 de febrero a un par de demostraciones menores para,
entre otras cosas, evitar perjuicios en el sistema público y reunir todas las fiestas
cívicas en un solo día.
El “dieciocho”, por lo tanto, se
transformó en la única gran celebración nacional y, en consecuencia, Chile no
celebra, en sentido estricto, el día de su independencia, como sería lógico en
el caso de una ex colonia. El 18 de septiembre es la fiesta más antigua de las
tres -se festejaba desde 1811-, pero históricamente no representaba un corte
definitivo con la corona.
¿Por qué ha perdurado con tanta
fuerza esta fecha por sobre las demás?
“La celebración de febrero tenía
‘coincidencias no felices’, ya que era un período de faenas agrícolas y mucha
gente de Santiago migraba hacia sus campos privados, incluidos varios regidores
del cabildo, que en esa época era la entidad encargada de organizar la fiesta
oficial”, explica Peralta. Esta festividad, además, solía coincidir con el
carnaval (previo a la cuaresma), por lo que en varias ocasiones debió cambiarse
de fecha. “Es posible que la celebración de febrero no le haya parecido a la
élite por los posibles e incontrolables desórdenes populares” asociados a la
fiesta popular, afirma el historiador Maximiliano Salinas, investigador de la
Universidad de Santiago y especialista en historia de las culturas populares
chilenas.
Estos motivos, junto al hecho de que
septiembre coincide con la primavera -símbolo universal de renacimiento y época
en que la gente sale a la calle tras un invierno duro- explicarían a nivel
práctico el triunfo del “dieciocho”, fecha que por lo demás le otorgaba más
años de existencia independiente a la nación. Sin embargo, también hubo razones
políticas: “Como sugiere Alfredo Jocelyn-Holt, la proclamación de la
independencia estaba muy vinculada a la figura de O’Higgins y fue Portales
quien decretó el fin del 12 de febrero -explica la autora de “¡Chile tiene
fiesta!”-. ¿Por qué legitimar una celebración muy ligada a O’Higgins? La idea
era refundar, cortar con el pasado en muchos sentidos, y eso redundó en un
olvido consciente de todo lo anterior”.
Por otra parte, Maximiliano Salinas considera
probable que “la élite se inclinara por el 18 porque sintió esa fecha como algo
más suyo y cercano”, ya que ese día se rememora un hito donde, según el
historiador Domingo Amunátegui, “las clases populares no habían representado
siquiera el papel del coro en las tragedias griegas”. En este sentido, y de
acuerdo con la opinión del historiador Leonardo León, profesor de la cátedra de
Historia colonial de la Universidad de Chile, la fiesta de septiembre tendría,
a nivel simbólico, un significado muy particular para la élite.
“El 18 es la fecha en que monarquitas y republicanos estuvieron de acuerdo con la instalación de una junta. Después de eso, comenzó una guerra que los separó. No se celebra una fecha como ocurre hoy con el 11 de septiembre de 1973, que divide a los chilenos, sino que un hito que los una”, explica León, lo que da a entender que desde los orígenes de la era republicana el Estado buscó construir, al menos una vez al año, una imagen de país unido

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