Siendo aún una economía en
desarrollo y con un gasto fiscal en educación bajo el promedio, Corea del Sur
tiene uno de los sistemas educacionales más avanzados en materia tecnológica
del mundo, sorprendiendo además con los excelentes resultados obtenidos en las
pruebas internacionales. En efecto, si, de acuerdo a la OECD, hace 50 años el
nivel de vida era del país era comparable al de Afganistán, hoy, además de
contar con una de las economías emergentes mejor posicionadas a nivel mundial,
ha logrado situar su sistema educativo entre los más eficientes.
La inversión política en esta
área ha sido considerable, porque es comprendida como la base del futuro
económico, aunque las proporciones con otros modelos no dan lugar a
comparación: el gobierno de Corea del Sur gasta casi la mitad que el de Estados
Unidos en los alumnos de la educación primaria, pero ha logrado resultados
muchísimo más altos. Al buscar los comienzos de este sistema educacional nos
encontramos con una larga trayectoria de políticas públicas, destinadas a
mejorar constantemente la educación, uno de los bienes más preciados por la
sociedad coreana.
Haciendo algo de historia, luego
de la Segunda Guerra Mundial, cuando las fuerzas militares estadounidenses
ocuparon la parte sureña de la península de Corea, fueron asentadas las bases
de este sistema, inspirado en el modelo norteamericano. Desde entonces el
gobierno se preocupó de llevar adelante un sistema educacional basado en las
diferentes etapas de desarrollo que vivió el país.
La serie de planes económicos
impulsados por el gobierno hasta mediados de los años 70 ponían el énfasis en
el crecimiento de la industria exportadora, por lo que en esa época las
políticas educaciones estuvieron enfocadas a proveer mano de obra educada a la
economía, reforzando el currículo escolar con el ramo de tecnología y el área
científica. El descubrimiento y la investigación se transformaban así en los
principales métodos de enseñanza.
Desde 1975 y durante los 80, el
gobierno fijó sus prioridades educativas en
problemas sociales, como la alta competencia existente para entrar a las
universidades, y se esforzó en reducir a los tutores privados, que por su gran
demanda significaban una carga económica para los padres, lo que fue
complementado con la integración de los ramos y el desarrollo personal
integral.
Pero fue a partir de los 90,
período en el que la economía coreana se diversificó considerablemente, que la
calidad, relevancia y excelencia de la educación se convirtieron en las
prioridades del gobierno: el currículo se focalizó en el aprendizaje, respetando
la diversidad individual y buscando poner en marcha variadas políticas
públicas, que fueron modificando el sistema hasta llegar a lo que existe hoy.
El escenario actual
Hoy el sistema educativo
coreano consta de seis años de primaria, otros seis de secundaria y de dos a
cinco años de educación superior (que pueden realizarse en institutos técnicos
y universidades). La educación secundaria se divide en la académica y la
profesional y la educación superior está clasificada en cuatro categorías:
universidad, universidad de profesores, universidades teológicas, seminarios y
educación por correspondencia o a distancia.
La administración se ha
centralizado y el Ministerio de Educación (MOE) se encarga de las políticas y
la administración de la educación general, profesional y técnica, regulando
tanto la operación de las escuelas como las inscripciones, tarifas, el
currículo, la contratación de profesores y el estado de las instalaciones.
A nivel de provincias y
municipalidades existen las Autoridades de Educación Local (LEAs) que cuentan
con una relativa autonomía respecto al gobierno central, y son autónomas en
asegurar los recursos financieros y de personal para las escuelas.
En cuanto al gasto público,
Corea del Sur es uno de los países de la OECD que gasta menos en educación, de
hecho está muy por debajo del promedio. De todas formas su presupuesto ha
crecido de un 14,3% del presupuesto total del gobierno en 1963 a un 20,4% en
2000.
Ese año el 78,5% del gasto del
MOE se dividió en el impuesto interno a los salarios de los profesores,
inversión constante en educación primaria y secundaria. Durante el mismo
periodo el sector privado poseía el 55% de las escuelas secundarias y el 78% de
los institutos y universidades. Este alto nivel de privatización fue llevado a
cabo mediante un set de medidas, como el subsidio público y la exención de
impuestos. Así, gracias a esta estrategia de igualación, en la actualidad no
existen diferencias perceptibles entre la educación privada y pública.
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